jueves, 7 de julio de 2011

Cuando el instante se vuelve eterno

Sólo un necio pretendería hacer infinito un instante. Es su escasez lo que intensifica la satisfacción de su recuerdo. Hacerlo perdurable en una línea de tiempo de sempiterna prolongación provocaría el tedio en los receptores del placer. Los sentidos se saturarían e ignorarían las sensaciones, convirtiendo a éstas en algo corriente, normal, incluso vulgar, un efecto que el cuerpo ya ni percibiría. Como un olor familiar que desde hace años hemos dejado de oler, como esa prenda ajustada que nuestro cuerpo, al final del día, ya identifica como parte de la dermis.
Un instante es un instante por su brevedad. 
Fugaz, intenso, inesperado.
Un espacio de tiempo sólo prolongable en el recuerdo. Ampliable, eso sí, en una dimensión onírica. Un lugar donde la capacidad de los sentidos no se agota, donde el placer se vuelve etéreo, insaciable, a veces incluso inabarcable. Escenario donde las percepciones de un instante se extrapolan hasta la eternidad. Una localización en la que los actores sólo necesitan de un segundo de realidad para interpretar un estallido de sensaciones que vagarán de forma recurrente, perenne y tal vez creciente en la memoria. Retroalimentándose de su propio recuerdo, luchando por continuar cobijados en la memoria y no cruzar la línea para ser condenados al encierro del olvido.

miércoles, 1 de junio de 2011

Re(en)caminando

Nada es definitivo, excepto la muerte (o eso nos atrevemos a enunciar,  pues ningún valiente ha osado volver de tan inhóspito lugar para desmentirlo). Por tanto, y dejando de lado esta excepción, se puede afirmar que nada es para siempre, sobre todo los parones, las ausencias, que donde hubo retuvo y si aun no se ha llegado al final de un camino, siempre puede volver a reanudarse, como es el caso. 
Pero antes de plantearse cualquier re-comienzo, es casi obligado justificarse, no retomar el proyecto como si el tiempo no hubiera pasado.
Meses de abandono, o quizá de barbecho de este blog, para cogerlo ahora con más vigor. Para continuar el camino emprendido una vez y así comprobar si se puede seguir alargando hacia nuevos destinos, lejanos horizontes, variopintos parajes. Avanzar durante largo tiempo o volver a detenerse con el paso de los meses, pero siempre avanzar para seguir descubriendo lo que depare la próxima senda.
Redefinir el objetivo, que no el objeto. Nueva etapa para canalizar la creatividad contenida en otras áreas de la vida. En definitiva, volver a exponer los pensamientos atrapados en una libreta, donde sólo se distinguen renglones escritos a pinceladas, anotados con rapidez para evitar que se evaporen, los cuales son extraídos para traducirlos finalmente aquí, a tecla descubierta.

lunes, 31 de enero de 2011

Cuando no hay solución, el problema no existe

"CUANDO NO HAY SOLUCIÓN, 
EL PROBLEMA NO EXISTE"

En una primera lectura podríamos interpretar este enunciado como una elusión en boca de un traje de chaqueta  mientras se sacude el polvo de la culpabilidad de las manos.Y de hecho, no sería la primera vez.
Pero al realizar una segunda lectura, alejándonos de la primera impresión dudosamente evidente, alcanzaremos nuevas percepciones de la misma frase, en un ejercicio de abogacía del diablo pensarán algunos. Y es que esta sentencia puede interpretarse de una forma mucho más positiva, sin recaer en las tendencias naif, ni situar nuestras percepciones en las horizontal sobre la que deben situarse nuestros pies.
Un problema es algo a lo que intentas buscar solución, si no la tiene, entonces no será un problema, será otra cosa. De hecho, el Diccionario de la RAE, así lo determina en varias acepciones de la palabra "problema":
1. m. Cuestión que se trata de aclarar.
2. m. Proposición o dificultad de solución dudosa. 
5. m. Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos.
Diferente es cuando se interpreta como una evasión de las responsabilidades ante un problema porque no se encuentra una solución adecuada. Reiteración pues, de la sacudida de culpabilidad antes mencionada.
Si todavía no se ve claro, o no se comparte la visión, apuntar que para intentar llegar al fondo de la cuestión deberemos despojarnos de las teorías filosóficas, las normas convencionales, y sobre todo de las ataduras mentales que nos llevan a mirar con orejeras a las circunstancias que se nos plantean.
Sigamos pues, con el desarrollo. Quizá se vislumbre algo de lucidez lumínica, no mental, en la interpretación eliminando la negación. Las negaciones absolutas no gustan. Bien. Quitémosla y cambiemos en pro de una mejor interpretación de nuestra oración en cuestión, para pasar a decir que "sólo hay solución si existe un problema" ¿mejoraría? Pareciera incluso que la lógica de esta sentencia es mayor o, dicho sea también, existente frente a la sentencia inicialmente propuesta.
La solución deriva de un problema que hay que resolver previo, por tanto si se encuentra una solución, será porque había un problema preexistente. Por ello quizá afirme el ánimo popular que "todos los problemas tienen solución", principio, que en último término afirmaría tanto el enunciado negativo como el positivo expuesto de problema-solución.
De todos modos, y dejando de lado las definiciones, así como las vueltas de tuerca, decir "cuando no hay solución el problema no existe", no  es un argumento absoluto o elusivo, simplemente, desde un punto casi irreverente y totalmente irónico, intenta cambiar el prisma de la negatividad causada por la impotencia.
Quizá no siempre se halle una solución al problema concreto, pero sí a las consecuencias.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Anáfora olvidadiza

Hoy ya no piensa en ti.
Se le han olvidado tus ojos, tu sonrisa, tus manos.
Hoy ya no piensa en ti.
Ya no intenta recordar tus gestos, tus costumbres.
Le queda, quizá, el poso de la sensación placentera de tu compañía.
Un escalofrío que recorre su memoria, insustancial, etéreo, desdibujado.
Hoy ya no piensa en ti.
Barrió los pedazos de las esperanzas y sueños rotos.
Hoy ya no piensa en ti.
Ya ni siquiera lo intenta.
En el primer rincón del olvido y en el último de su recuerdo almacena una sombra de lo que un día fue tu presencia.
Hoy ya no piensa en ti.
O por lo menos, eso te susurra al oído esta voz imaginaria.
Hoy ya no piensa en ti.
O eso debería ser, te reiteran incansables tus pensamientos atolondrados entre los recuerdos.
Debería ser así, te dice esta voz, porque dejaste que se fuera.
Porque hoy no debería pensar en ti.
Aunque en lo más profundo de tu conciencia esperes que no sea así.
Desengáñate.
Hoy no debería pensar en ti.
Hoy ya no piensa en ti.
Hoy no se acuerda de ti.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Enseña los dientes

Cuando el día se levanta torcido, se intenta enderezar con la mejor de tus sonrisas, pero a veces la labor es complicada. Las circunstancias pueden llegar a convertir este acto en la más ardua de las tareas. Los músculos se entumecen por las desavenencias, la piel se vuelve más tirante de lo normal con las malas noticias, la mandíbula se desencaja con el mínimo movimiento. Sólo el hecho de intentarlo ya desanima aún más. Algo a simple vista tan pueril se torna la más enrevesada de las pericias.
Tú lo intentas, sumergiéndote en recuerdos de momentos pasados, en canciones que consigan despejar todo velo de desidia, en la actividad de algún desconocido que pasea por la misma calle que tú. Y cuando nada de eso funciona, cuando lo has dado todo por perdido y preparas el ceño para fruncirlo con tal fuerza que no se mueva ni un milímetro durante toda la jornada, es cuando por fin ocurre.
Un mirada en medio de una algarabía de peatones, se cruza con la tuya. Entre decenas de cabezas borrosas ves claramente unos ojos en los que se acentúan unas efímeras patas de gallo que te miran con una sonrisa inexplicable. El efecto entonces es inmediato. Tus ojos cobran un brillo casi mágico, y una sonrisa se instala ampliamente en tu rostro dejando ver perfectamente alineadas todas tus piezas dentales.
Ni el desconocido ni tú sabéis cómo ha ocurrido, pero en un instante el mundo se torna un poco más amable. A punto de soltar una pequeña carcajada por el desconcertante pero gratificante encuentro de miradas, sigues tu camino mirando hacia el suelo intentando esconder una sonrisa que cada vez parece dilatarse más. Y según continúas hacia tu vida, la sonrisa se va destensando pero sin llegar a desaparecer, permaneciendo en tu rostro, ya con mínimos esfuerzos, durante el resto del día.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La pieza del puzle

La información es la pieza que falta en el puzle incompleto de cualquier estampa de duda.

Los detalles, los gestos, los datos, los actos... pistas al fin y al cabo que nos hacen comprender la realidad que nos rodea. Podemos flotar en la duda que nos mantiene a dos palmos del suelo en una elevación desconcertante, una especie de marea invisible, que desaparece con esta pieza escondida, haciendo que caigamos estrepitosamente contra el suelo sin previo aviso, pero que nos aporta la dosis de realidad de la que carecíamos, y que en cierto modo, necesitábamos, o no, dependiendo del grado de inocencia o ignorancia en el que queramos permanecer.

La información modela, remarca, descubre lo que permanecía invisible y nos impedía ver con claridad y perspectiva la fotografía. Pasamos de ver cuatro pinceladas sin sentido a alejarnos del cuadro y captar la imagen conformada por millones de pinceladas.

Con ella todo cobra sentido. El rompecabezas evita que sigamos rompiéndonos nada. La imagen de la situación se enfoca a la perfección y una sonrisa cincelada en el rostro refleja la satisfacción, así como la superioridad que admite el error en el que se estaba hasta ahora. Mientras, un suspiro exhalado con fuerza en un segundo marca el final de la búsqueda de pesquisas, posibles explicaciones, supuestas soluciones, expulsando las tinieblas, las dudas de un problema reducido a cenizas gracias a la pieza final de sentido que faltaba en nuestra investigación personal.

 

martes, 9 de noviembre de 2010

Valor vs Verdad

Ríome de quien se envalentona, inflando el pecho cual gallo de corral, al decir que su valor no tiene límites por enfrentarse sin temor a dragones de grandes fauces y esputos de fuego. A lo "físico" se puede enfrentar uno en mayor o menor medida, ya sea con el metal o con el magro. Pero hay monstruos más difíciles de doblegar. Cuando al "enemigo" no se le puede agarrar por el pescuezo, sino que vaga como una especie de ser etéreo. Para ese tipo de enfrentamientos hay que acorazarse realmente de valor. Y es que, no hay mayor acto de valentía que enfrentarse a la verdad. Pero hay elementos que acobardan frente a este enemigo, como son el orgullo, el sentimiento de culpa o la vergüenza, activos que cotizan al alza dicha valentía.
En una historia se dice que existen, primero,  tantas verdades como personas implicadas en la misma, y luego la verdad. Pero, a pesar de ver una misma realidad desde prismas diferente, lo cierto es que está ahí, y parece imposible enfrentarse a ella en determinadas ocasiones. No hablamos ya de la VERDAD absoluta, si no de los motivos que nos mueven a realizar determinadas acciones, las verdaderas razones tras las cuales actuamos.La verdad duele, es incómoda, distorsiona la imagen que nos esforzamos por ofrecer, chirría con las lógicas establecidas (nunca con la lógica de los actos, pues es ella la que dota de sentido a las descabelladas actitudes de determinadas personas). No es de agrado, en uno u otro grado, por eso se tiende a esconderla bajo un escudo que oculta o maquilla la verdad intrínseca de nuestros actos.
Fruto de esas incomodidades, que encierran a nuestra valentía en una minúscula celda, surge la mentira, entre ellas, la peor de todas desde el punto de vista del receptor: la mentira piadosa. Esa que llega para apiadarse de nosotros, ofreciéndonos su conmiseración, atolondrándonos con una visión de la realidad violada en pro de nuestra anestesia mental. Aunque a fin de cuentas, del único que se apiada, es de quien miente. Es el recurso que le queda para pasar de puntillas frente a un problema y apaciguar a la conciencia por su falta de valentía.
El receptor, a fin de cuentas, si nunca llega a saber los verdaderos motivos, permanecerá en la ignorancia, aunque puede llegar a tornarse más fiero que un dragón si llega  a descubrir la realidad del asunto. Es más, el dragón puede asaltar a la vez que la mentira, por conocimiento previo de la verdad, aunque el emisor cobarde no sea consciente de ello.
Nos movemos entre mentiras, entre biseles que ocultan los verdaderos motivos de nuestras acciones, por falta de valor, por no querer mirar de frente, o más bien por no querer que los demás vean de frente a la realidad. La verdad puede que duela, más que la daga que se clava para luchar contra el dragón, pero permanecer en la ignorancia te hace permanecer cual animal de ganado, despegado de cualquier cosa que se acerque a la integridad mental.