domingo, 11 de marzo de 2012

Un 11 más en el calendario

Un aniversario no es más que una fecha en el calendario, una señal que indica el paso de un año más. Una estructuración del tiempo que, si bien se basa en unos criterios astronómicos -en la cultura presente-, no deja de ser una construcción social.
Una hoja del almanaque marcada con una equis para dotarla de un sentido específico. Recordatorio en medio de la rutina que obliga a salir del comportamiento habitual. Un día en el que volcar todos los sentimientos enclaustrados el resto del año para hacerlos manifiestos durante esas 24 horas concretas. Ya sea para rememorar alegría o tristeza, conmemorar o condenar, sólo hay un día preciso en el que poder llevarlo a cabo. La filia del aniversario, del día grande.
El éxtasis del amor un día 14, la adoración de la madre el primer domingo de mayo, el recordatorio a los fallecidos en el inicio de noviembre. Por no hablar de las fechas personales y específicas de cada persona: cumpleaños, aniversarios de boda, fallecimientos y un sin fin de anualidades. Miles de efemérides que no hacen más que quitarse protagonismo unas a otras porque, a lo largo de los años es inevitable que los acontecimientos se sucedan, que la vida siga forjando la historia.
Desde el recuerdo íntimo, cada persona escogerá y rescatará aquellas fechas clave, aquellos aniversarios que recordar, con independencia de lo que siga pasando en la historia de los demás, pues no es más que eso: una serie de días significados desde la valoración personal, aunque a veces tienda a hacerse colectiva, pero ni mucho menos llegue a convertirse en algo universal.
Hay todo un año, toda una vida para recordar los momentos importantes de cada uno, sin importar que un calendario lo recuerde. 
En 24 horas no se puede expresar el dolor o la alegría que dejan ciertas fechas, no ya en el año de una persona, sino en el resto de su vida. Los sentimientos fluyen a lo largo del tiempo. Pero la tristeza de unos no debería nublar la posible alegría de otros, ni viceversa. Cada uno siente los días (estén marcado en el calendario o no) como mejor sabe, puede o entiende. Los días son significados de forma personal, intransferible e inalienable. Ningún aniversario debería frenar la vida de nadie. Nadie debería decidir sobre la celebración o no de ningún aniversario.

jueves, 1 de marzo de 2012

Se busca compañía para la madurez


Madurar es como pagar el alquiler: cuantas menos personas de tu entorno más próximo participen en él, más caro resulta pagar mes a mes.
No podrás culpar a esa persona con la que querrías compartir piso pero no tiene independencia económica (o personal) suficiente para poder mudarse contigo. Como tampoco podrás hacer nada por aquella otra que, aun viviendo contigo, no paga a final de mes. En este caso tiene dos opciones: entenderla y ayudarla para que poco a poco pueda llegar a final de mes y seguir compartiendo piso contigo, o decidir cambiar de compañero de piso, uno que pague, y seguir visitando al otro en otros ámbitos, aceptando que vuestros encuentros en otros pisos podrán ser posibles e incluso enriquecedores, pero que (por el momento) no podréis vivir bajo el mismo techo.
Las pérdidas de algunos compañeros siempre son dolorosas o incluso decepcionantes, por más compañeros que lleguen detrás para alquilar esa habitación que se quedó libre. 
Pero hay otra opción que puede llegar a ser más desoladora. En ocasiones no es fácil que los de tu alrededor puedan pagar el piso en el que estás viviendo tú. En tal caso, la opción pasa por continuar pagando el alquiler solo, con el alto precio que supone eso a la hora de llegar a fin de mes. Un esfuerzo que si bien se torna pesado, no deja de dar gratificaciones tanto de forma individual a corto plazo, como de forma grupal en un posible futuro, que no siempre es tan lejano como pensamos. Por ello no hay que temer a vivir solo alquilado en un piso, sino a compartir alquiler en un piso que no te corresponde.

domingo, 5 de febrero de 2012

La gratuidad de la desconexión

Tenían razón. Cuesta admitirlo, pero tenían razón: lo que es gratis no se valora. Pasa desapercibido. No merece la pena.
No nos paramos a pensar el esfuerzo que hay detrás, la de personas que habrán intervenido en el proceso, desde su inicio hasta llegar a nuestras manos o psiques.
Lo que no se paga, no se valora. Pero se olvida el concepto de trueque en este mundo donde todo puede comprarse y venderse (con dinero). Olvidamos que hay otras formas más sangrantes de pago. Desechamos la idea de que, al final, todo conlleva un intercambio, un tipo de relación ya sea simbiótica o parasitaria, que interviene en todo acto que realizamos para con lo otro, para con los demás.
Todo movimiento cuesta. Ningún acto está aislado de una proceso anterior en red, hasta llegar al estado actual. Nada viene dado de forma gratuita, libre de conexiones. Por ello, fuera o dentro de la lógica del libre mercado, jamás se debería considerar como gratuito aquello que escapa a los garras de la pecunia, por sus condiciones volátiles.
Podemos no saber el origen de algo, podemos habérnoslo encontrado en mitad del camino, pero no por ello estamos en derecho de menospreciaron, robarlo o destruirlo. Sí, hay una cierta entereza personal que nos debería incitar al respeto, a la apreciación, a la consideración.

Imaginemos algo en mitad del camino, algo que no nos interesa, que no nos llama la atención, no sabemos cómo ha llegado hasta allí, ni quién pudo dejarlo en medio de nuestro camino. Alguna vez oímos hablar de él, pero nunca nos interesó, de hecho nos decantamos en su día por otras opciones. Jamás lo usaremos, ni creemos que podrá interesarle a nadie de nuestro entorno. No nos va a servir para nada. Es más, no sabemos cómo la gente que hace uso de él, puede sacar algún beneficio. Si fuera por nosotros lo destruiríamos, lo apartaríamos del camino, pues no responde a nuestras necesidades, principios o intereses. Aunque bien es cierto que tampoco interfiere en ellos, pero eso poco nos importa. Da igual, no nos vemos implicados con él. Es entonces cuando decidimos apartarlo de una patada para esconderlo, total, ¿quién podría quererlo? Y si a nosotros no nos es necesario, ¿qué sentido tiene mantenerlo ahí, en medio del camino, a la vista de todos?¿Verdad?
Ahora imaginemos que eso que nos habíamos encontrado en medio del camino era un derecho. La cosa cambia ¿no?
Pues no parece importar para quienes creen que los derechos no valen nada. No cotizan en bolsa, no se ven envueltos en la vorágine de las épocas de rebajas, no se pueden empaquetar para regalo, no se pueden pesar, transportar.
Mirar desde el egocentrismo; construir el mundo desde nuestra única perspectiva -ya que debe ser la posible y necesaria-; arramplar con el respeto; desconsiderar los esfuerzos de los predecesores; imponer. Estas son las premisas que nos llevarán a apartar cualquier cosa del camino que escape a nuestra comprensión. Robándole todo ápice de importancia, porque encontrárnosla en medio del camino, desconectada, no nos ha costado nada.

lunes, 30 de enero de 2012

Controlar, amoldar, vigilar

Control. 
Atrapa. A unos más que a otros, pero siempre para activarlo en otros desde la poltrona. Filia de voyeuristas poseedores que se torna en fobia de receptores subyugados.
Capacidad de control. 
Tenerla a cualquier nivel causa un halo de fortaleza que se expande según se magnifica el campo de aplicación. Sustentarlo o detentarlo. Merecido o violado. Sentirlo fluir satisface los deseos más sadistas que se puedan presentar. Da igual que quien tenga el control sobre eso otros no tenga la capacidad necesaria para su manejo. Esa capacidad, sin mirar en quién, se aferra a las manos como una enredadera y se adhiere a la persona cual parásito con piel de siervo, absorbiendo hasta el último ápice de sentido.
Control sobre los demás.
Quien lo posee no duda en utilizarlo. No tiembla al hacer ostentación de su posesión. Despreocupándose de su correcta aplicación, lo pondrá en práctica porque lo posee, por la simple potencialidad de imponerlo. Si no lo hace, lo llamará concesión para con los otros.
Controlar.
Poder hacerlo tiene un efecto tan perfomativo que se interioriza, se legitima de forma subjetiva. La sensación casi se convierte en poco tiempo en algo tan necesario como el aire, algo naturalizado, un proceso fisiológico más. Y tanta tensión causa su ausencia que el simple hecho de que se arrebata se torna en drogadicción buscando una nueva dosis, una herida abierta expuesta a una cura con alcohol etílico. Un golpe imposible de encajar.
Amoldar.
La interiorización casi naturalizada en quienes lo ejercen por mandato superior inamovible, hace que a quienes se le impone lo acepten como una causalidad inevitabilidad. A veces no desde una persona de forma directa, sino desde un instrumento que se presenta inocente. Cualquier elemento puede tornarse colaborador silencioso, aunque diseñado para someter a las intenciones de quienes los dotan con tal papel. 
Vigilar.
Ejercer ese papel para hacer efectivo un patrón acomodado a las intenciones de quienes controlan. Evitar la desviación de un camino prepautado. Un único camino posible para los objetivos establecidos.

Controlar, amoldar, vigilar. Los pasos del plan trazado.


jueves, 19 de enero de 2012

No a la sopa polisémica

Siempre me gustó Mafalda, sus ideas, su ironía, su humor constante para tragar cualquier dificultad. Sólo hay una cosa que sí que me gusta, pero que ella detesta:la sopa. Aunque en los últimos meses la polisemia en letras capitales y acotadas por puntos me esté causando un gran rechazo hacia el término.

La histeria por la ruptura del modelo totalitario de la minoría contrasta con la satisfacción de la mayoría que se encuentran en su mejor momento, en cuanto a posibilidades de accesibilidad al conocimiento, que ha vivido en su historia.
¿Desde cuándo la difusión de conocimientos es un delito? ¿Desde cuándo la cultura no ha querido ser difundida y conocida allende las fronteras -muros que por otro lado hoy en día se diluyen-? Por su puesto que hay que luchar contra el lucro a costa del trabajo y esfuerzo de los demás, pero por eso es necesario legislar. No en base a las creencias del pasado. El mundo no es el que era, ya es otra cosa. No es válido definirlo en términos ya obsoletos. Hay que redefinirlo. Por ello se requieren nuevas regulaciones a los flujos del conocimiento pero basados en nuevas estructuras que se adapten a las lógicas actuales.
Es muy importante por ello que se vigile de forma cuidadosa quién nombra este nuevo mundo envuelto en un proceso constante de cambio. Y mucho más, controlar cómo se nombra.
Regulación sí, pero en beneficio de todos: protección para creadores, accesibilidad para el resto. 
Pensemos en términos de difusión. Repensemos. Reconstruyamos. Hay una forma. En el consenso y en la apertura de miras está la clave. Un nuevo modelo, o mejor, nuevos modelos de aplicación.
Todo esto no es nuevo, pero se hace necesario difundir el mensaje (que además éste no está sujeto - de momento- a ningún derecho de autor). No ya para que penetre en la sociedad, sino para que esos que quieren seguir teniendo el control de los contenidos sean conscientes de que sus años de regulación autoritaria han terminado.

Algunos amigos de la blogosfera están llevando a cabo el cierre temporal de sus páginas (como Andrés León con su página sobre la actualidad tecnológica y las nuevas tendencias en este campo), a modo de protesta por las nuevas leyes que pretenden regular este espacio virtual. Este espacio de las posibilidades nunca antes imaginadas. 
Desde "A tecla descubierta", agradezco este tipo de acciones, ya que por la filosofía del blog me veo forzada a no hacerlo, de momento. Espero que no tenga que llegar el día en que tome esas medidas (o que los de arriba la tomen por mi, por 'saltarme las normas que ELLOS han impuesto). Confío en la sensatez de esos de arriba, aunque sólo sea por las pérdidas económicas que una ley de ese tipo les generaría y nos tomen en cuanta a estos de abajo, para poder estar todos en el mismo nivel.
Ilustración de Eduardo Salles, publicado en Letras Libres (Diciembre de 2011) y posteado en su página www.cinismoilustrado.com

martes, 17 de enero de 2012

Necesitas un reflejo


Necesitas respuestas. No sólo las utópicas a las cuestiones ontológicas, sino respuestas a tus actos. No hay acción desinteresada, pues aquella que no espera respuesta también espera un tipo de respuesta igualmente. Necesitas una consecución de tus actos. Necesitas respuestas. Ver aunque sea de las más variadas formas, una respuestas a las acciones que vas realizando. Un estímulo de vuelta. Un efecto. Sea cual sea, y manifestada de la forma que sea oportuna. No puedes admitir que tus actos no modifican tu entorno, no deberías admitir que tus movimientos no tienen que generar respuestas. Los pasos que vas dando, aportando, compartiendo, deben tener un sentido, una consecuencia, una modificación en los que te rodean.
Buscas retroalimentación. Porque ese punto también es importante. No eres un mero catalizador. No puedes pretender que esas respuestas no te afecten. Afectan, e incluso la falta de respuesta -por más que no sea esperada- puede ser más efectiva que cualquier avalancha de estímulos de regreso. Para bien o para mal. Pero no dejarán de moldear tus pasos siguientes.
Necesitamos respuestas, señales, modificaciones. O esperar a que nada de eso ocurra, que ya es una consecuencia como las primeras. Necesitamos un reflejo con el que seguir guiando los pasos. Las acciones de los otros nos sirven de espejo. Cóncavo, convexo o esmerilado, pero ahí están. Devolviéndonos una imagen con la que generar nuestra próxima acción. No como un corrector,  no como un adulador, sino como la luz que nos da la pista para nuestra siguiente decisión en el camino.

jueves, 12 de enero de 2012

La experiencia mediada y perdida del 'Te quiero'

"Te quiero mucho", una oración más que conocida, manida y maltratada  por el uso inapropiado que se le da en ciertos casos. Tres palabras (a veces dos o tal vez más, en función de los ambages escogidos), casi naturalizadas e instauradas en nuestra sociedad occidental como algo básico, necesario y hasta útil.
Esa sociedad que parece gestarlas, nos enseña estas palabras mágicas. Pero no sus esfuerzos no quedan ahí, nos hace interiorizarlas, casi como algo innato, que nos venden como atribuibles a un selecto grupo de personas, de quienes podemos y debemos esperar oírlas. Hasta los 'mercados', omnipresentes, nos ofrecen mil variedades, formas y precios ajustados a todos los bolsillos para expresar esa tríada casi mágica.
Es -o eso se pretende- una oración demandada, obligada y natural.
Pero cuando una persona, una -por supuesto- de ese selecto grupo marcado por la sociedad como indicada para decirlo, te dice "te quiero mucho", y tú, no sólo te sorprendes porque es la primera vez que recuerdas habérselas oído -aunque las supieras sin que las hubiera pronunciado-, sino por la agudeza que experimentan tus sentidos por la resonancia que causan, por la aceleración de conexiones neuronales a las que se llega en busca de algo parecido en el resto de tus experiencias, y por el desencadenamiento de reacciones psíquico-físicas que experimenta tu cuerpo, es cuando caes en la cuenta de que esas tres palabras no son algo tan establecido, esperable ni mucho menos cotidiano.
La información que circula a nuestro alrededor ha mediado demasiado en nuestras experiencias, nos han dicho tantas veces cómo 'son' las cosas, que dejamos esas experiencias en manos de lo que nos han contado. Con un cierto aturdimiento de no saber si se ha soñado, se ha vivido, o simplemente se ha escuchado una experiencia concreta.
Cuando desconectas de lo que 'se supone que ocurre', comienzas a recuperar esa experiencia pura (tantas veces investigada en los campos pertinentes) que un día las informaciones que nos median intentaron arrebatarnos, explicándonoslas como vacuna de lo que sería, o como sustituto de lo que jamás sentiríamos. Una experiencia pura que no es comparable, explicable y cuya verbalización en dos, tres o más palabras, parece una burla de lo que en realidad esconde.